La primera noche en San Antonio fue calurosa, bañada en sudor y puestos mis ojos en el techo a seis metros. Hubo ruido de motos desde la carrera cuarta, quienes iban hacia el aguacatal ya cogida la noche. Pude descansar ya vencido por la vigilia cerca la madrugada mientras arreciaba un aguacero que me recordaba la infancia. Las laminillas de zinc no cedían ante el martilleo del vendaval, octubre llegaría en 13 días.
Dos horas antes de acostarme había hecho una nueva atadura, una nueva casa. Arrastre la maleta por el zaguán, luego las levante y mientras lo hacia era difícil alejar la sensación de dejavu en Londres desde Heatrow hasta Ealing Broadway... así mismo desde la esquina del MSG hasta Penn Station y así ya varias recorridos. Me pateo la sensación de un nuevo comienzo. Comprendí lo que podría llamarse una resignación alegre, los ojos contenidos, también la sonrisa.
